martes, 18 de diciembre de 2007

UNA RUTA POPULAR



Empujones, olores extraños, más empujones, ¨señor salga de ahí, usted me está punteando¨, es lo que encontramos y escuchamos en una “combi” -vehículo mayor que un coche para el transporte de mercancías-.
Salí de casa apurado -como siempre- para tomar estos vehículos, que si bien es cierto son necesarios, te amargan la mañana. Pero hay algo curioso en todo esto. Viajar en una “combi” te hace conocer gran parte de nuestra querida y vapuleada ciudad, selva de cemento inundada de suciedad, desorden y contaminación.
Son las 7:59 de la mañana y estoy con el alma en llamas, con la boca llena de bilis por la amargura. Estamos cruzando el puente Santa Anita. Mi ira se acrecienta cada minuto que pasa. Estoy apretado. Un olor desagradable pasa por mis fosas nasales y llega a mi estómago indefenso. No podría bajar con tanta gente enlatada, lo único que me queda es seguir con esta odisea para llegar a mi destino.
Paso la clínica San Juan de Dios y visualizo al tiempo haciéndome cachita con un ¨lero, lero, no vas llegar¨. Una buena señora baja y doy un brinco para meterme en su asiento. Es el que está al lado del chofer. Que buena suerte, tengo una buena visión, no olores, no roces... un momento, dije !BUENA VISIÓN!
Llegué a yerbateros y si bien no hay cosas agradables para ver, me parece curiosa esta Lima sui géneris. Pero sigo con el trayecto -maldita sea ya son las 8:05 de la mañana- y me doy cuenta que estoy en la av. Nicolás Ayllón, en el ¨reposado¨ distrito de El Agustino. Observo con detenimiento a mi alrededor y me choco con una cumbre sinuosa, llena de viviendas sobrepuestas una sobre otra. Me quedo maravillado ante tal expresión de sobrevivencia- bueno ni tanto porque todas eran de material noble y de tres pisos cada casa-. Pienso que poblar un cerro de esa manera es algo ingenioso y hábil. Miro con atención, con una indiferencia total al zumbón tiempo y la mirada se dirige a un mural que dice ¨Locura el Pino¨. Atando cabos me entero -bueno algo retrasado- que estoy en el famoso cerro El Pino.
Para contarles algo de historia -poco para que no se aburran- este cerro se fundó entre las décadas del cuarenta y cincuenta. Su invasión fue dirigida por el popular ¨poncho negro¨, personaje batallador y caudillo. Las 8:15 de la mañana y todavía veo con asombro este edificio encorvado, lleno de pandillas y tiroteos, en donde se come con exquisitez las tripas del pollo y se escucha con deleite al gran Chacalón. 8:17 de la mañana y recién paso por San Jacinto, centro comercial de autopartes, en donde encuentras llantas, chasis, parachoques, tu retrovisor...ups. Ya a unas cuadras del mercado mayorista de frutas, con una invasión de carretillas de jugo al paso, caldo de gallina, siete colores, etc., llego a Manzanilla. Un mural con un agradecimiento y una felicitación de cumpleaños para Fidel Castro me recibe con la bandera cubana, ya al menos el trayecto recupera algo de urbe con los edificios del conjunto habitacional.
Ya finalizando el trayecto, la “combi” entra a lo que he denominado la ¨ciudad de la chatarra¨-se imaginarán por qué, verdad-. Estoy terminando de pasar por la av. Nicolás Ayllón, avenida que quedará en el recuerdo por ser el trayecto más peculiar. ¨Avisen una cuadra antes de bajar pe¨, recalca el cobrador. El vehículo para y dos avispados pasajeros arranchan las mochilas de dos estudiantes. ¨Mi mochila, imbécil¨, ¨mi celular¨, ¨cobrador baboso porque los dejas salir¨, se escuchan lamentos, se siente el llanto, y ya son las 8:20, maldito chofer. Llego a la av. Grau y la ciudad vuelve a ser ciudad, esa que sí conocía y que también es muestra de nuestra cultura popular. Ya llegué tarde, !maldita sea!

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